
Semanas han pasado y la verdad es que no se me ocurría nada que escribir. Es que está bien, lo del matrimonio puede ser un tema muy entretenido, pero, por lo general, para una sola persona, la que se casa.
Me acuerdo hace un par de años, menos creo yo, cuando no duraba más de cinco minutos oyendo las conversaciones sobre los “wedding plans”. Que la iglesia, que el civil, que las flores, que el vestido… y todo me parecía igual. Razón por la cual siempre me alejaba del “team” de novias.
Me acuerdo que una de las pocas cosas entretenidas que descubrí por medio de estas conversaciones fue que el famoso “ajuar” no se trata sólo de baby dolls de encajes, también se compone de toallas, sábanas, ropa de calle y hasta le oí a una amiga que tenía artículos para la cocina en su baúl. Como diría mi sobrina con voz de Hannah Montana: ABURRIDOOO.
Y ahora me encuentro en este dilema porque yo soy la novia, tengo que hablar, pero no quiero latear. Entonces, les propongo hablar de otra cosa por un rato. Claro que no me puedo ir tanto del tema porque, dado el nombre de esta columna, mi editora me exige que hable de cosas relacionadas a novias. Improvisemos entonces…


Una pregunta súper simple, clara, directa. Pero nunca pensé que tanta gente te la hiciera después de que te han pedido matrimonio y dijiste que “sí”. La cosa es que, en el período post-eufórico de la novia, después de que todas gritaron, todos se abrazaron y creíste que el mundo ya no podía ser más perfecto, empiezas a pensar. Y si yo me creía media enrollada, soy un pirigüín comparado con otros.